sábado, 24 de octubre de 2020

 


Amigos, cómo están.
Quería contarles que mi libro de cuentos, Tráfico de Corazones, ya está disponible en la página de Modesto Rimba, la editorial. Pronto también lo podrán conseguir en librerías.
Acá les adelanto el texto de contratapa, un fragmento del posfacio que el genial Indio Solari tuvo la bondad de escribir para mí. Para ustedes.
Cariños a todos
Tráfico de corazones
de Candelaria Kristof
Leer a Candelaria Kristof y ser invitado a presentar “Tráfico de corazones” es una tarea grata e inquietante. En esto coinciden quienes ya la han descubierto y justipreciado en trabajos anteriores, por lo que ha sido elogiada con razón.
Su estilo es el de una exploradora abocada a las reacciones humanas que se definen con las neurosis propias de la clase media aposentada.
No existen muchas maneras de cumplir como lector de sus textos irreverentes y angustiantes, que dejarle señalar las mentiras domésticas por las que nos sentimos descubiertos en nuestras herejías moderadas y al mismo tiempo secretas.
La “marca” de Candelaria es un solapado erotismo del cual parece conocer hasta los rincones más oscuros.
En definitiva, el lector tiene la oportunidad de adentrarse en historias fundadas y condimentadas con una espontaneidad que la rica personalidad de la autora aporta.
Disfruten…
Indio Solari

viernes, 17 de enero de 2020

El cumpleaños del Indio

Estábamos en una mueblería esperando que se hiciera la hora de ir a lo del Indio. El Indio vivía justo al lado. La mueblería era de Perillas y estaba algo desmantelada. En realidad, ya no trabajaba ahí. Yo me cambiaba de ropa frente a un espejo, en espera de una última resolución que modificara todo lo que Perillas me había dicho la noche anterior. Pero al final no hubo cambio y cuando se hizo la hora, Perillas dijo que me alcanzaba hasta la estación. Vimos que a la puerta del Indio se acercaba Gabino. No me sorprendió, en primer lugar porque era hombre y en segundo porque mi primo se anota en todas. Cuando le pregunté si podía ir, casi veinticuatro horas antes, Perillas me dijo que lo más probable es que fuera una reunión de hombres y también íntima. Cuesta pensar en hombres y reunión “íntima”. Pero a lo que ellos se refieren con intimidad entre hombres, es a que no haya mujeres que pongan freno a sus fantasías. Las mujeres, al menos para los varones heterosexuales, funcionamos como órgano represor.
En la estación me encontré con Marlon. Al igual que el Indio, es de Capricornio. En un whatsapp de felicitación por el cumpleaños que le envié por intermedio de Perillas, le había puesto al Indio que Capricornio siempre está peleando contra la adversidad. Alguien me dijo una vez algo así y después pude comprobarlo. De hecho lo comprobaría una vez más, ahí en la estación, con mi hermano. A Marlon tampoco lo habían admitido en la reunión, a pesar de ser hombre. “Pero no soy allegado”, explicó en el andén. Llevaba un morral. Se lo quitó de encima y lo dejó en un banco. “Gabino tampoco es allegado y entró”, dije, con menos ánimo justiciero que perplejidad. Mi hermano no dijo nada. Estaba parado en el borde, oteando la curva apenas iluminada del túnel. Se hubiera podido decir, sin error de apreciación, que entrar en lo del Indio o no poder hacerlo, era un tema menor. Tan menor que ya empezaba a olvidarlo. Las luces blancas de la estación encendían el agua de sus ojos. Pero mi hermano no lloraba ni estaba evitando que algo tan flojo como una lágrima le sucediera. La inclinación de su cuerpo sobre las vías contenía una ansiedad que la mirada, no obstante, había trascendido. Sus ojos mojados eran pequeños animalitos hoscos que han olvidado cómo guarecerse de la lluvia. Yo volvía a casa. El lugar al que regresaba mi hermano, en cambio, era un volver a irse. Cancelado lo del Indio, había que hacer alguna otra cosa: buscar una chica del Tinder, llamar a algún amigo, ir a cenar a lo de mamá, pasar por lo de su ex para ver si sus hijos necesitaban algo. Conversando sobre nada, habíamos traspasado los arcos que separaban un andén y otro con publicidades fosforescentes. Me dio la impresión de que él tomaría la dirección contraria. Entonces me acordé del morral y fui a buscarlo al otro lado. Lo abrí sin pedirle permiso: se habían llevado la billetera, el celular, el dinero, las tarjetas de crédito, los documentos. Volví a cruzar el arco desolada. Le mostré el morral. No pareció inmutarse. Capricornio, pensé: las dificultades no son la excepción sino la regla. “Vas a tener que denunciar las tarjetas”, dije. “No hay apuro”, contestó. “Antes quiero agarrar a quien lo hizo”. Y miró para todos lados pero sin cambiar su lugar junto a las vías. Supuse que era una de las tantas maneras en que se doma la furia. Giré hacia las escaleras para ver si Perillas me hacía señas desde arriba: “El Indio dijo que podías venir”. O algo así, quebrándose al bajar los escalones. Palabras que aterrizaban magulladas en la ciudad bajo el asfalto. Levanté la cabeza y le dije a Perillas que bajara. Él paleó el aire con una mano indicándome que subiera. Y así nos quedamos toda la noche, indecisos, tratando de convencernos unos a los otros, de cosas que ya nadie sabía si quería. Después las palabras nos fueron dejando, aburridas de salir de nuestras bocas para decir siempre lo mismo. Mi hermano iba a subirse al próximo subte y al llegar denunciaría el robo de las tarjetas. Yo le dije a Perillas que el vestido se me había ensuciado ahí bajo la tierra, que le mandara al Indio un feliz cumpleaños de mi parte y le dijera que gracias por la invitación. A Perillas ya no le quedaban pelos que aferrar con las manos para manifestar su desconcierto.
Una musiquita alegre y estridente me fue subiendo en andas hasta la calle. Manoteé todo lo que había en la mesa de luz para apagarla. Quería seguir en la estación viendo cómo al final mi hermano atrapaba al ladrón, o Perillas me convencía.


miércoles, 15 de enero de 2020

El silencio de los corderos




Lanzaron un cerdo desde un helicóptero a la pileta del dueño de Etiqueta Negra. El video que registra este hecho se tornó viral y suscitó todo tipo de comentarios, algunos de repudio, otros celebratorios. Federico Álvarez Castillo, el dueño, está casado con la modelo Lara Bernasconi y el chanchito en cuestión fue arrojado en su casa de José Ignacio. La altura desde la que fue tirado y el peso del cordero, causaron un gran splash que rebasó el cerco protector y mojó el deck aledaño. Álvarez Castillo, acérrimo defensor del macrismo, en una entrevista que le hace el diario La Nación en 2017, manifestó, en referencia a los presidentes anteriores, que eran “los peores del grado” y nos habían mentido. Postuló, en contrapartida, que Macri había conformado “un equipo de cracks”.

     ¿Quién le plantó el chancho a Federico? ¿Estas alusiones a su ideología podrían estar relacionadas con la caída en desgracia del cordero? ¿O en realidad el chancho fue arrojado por alguien que  -fiel al calendario chino- estaba empeñado en señalar que el año del cerdo llega pronto a su fin? Un dato curioso que aporta el diario Nación es que el video fue grabado desde el interior de la casa y que, al fondo, se escuchan risas femeninas  -algo que efectivamente se puede comprobar. ¿Qué filmaban desde el interior? ¿La pileta? En ese sector no había nadie. ¿Había alguien invitado en la casa que, en connivencia con los arrojadores de chanchos, quiso inmortalizar el momento de la broma funesta? ¿Acaso alguien de la propia familia instigó la broma? Si hubiera un muerto en la escena, todas estas preguntas serían pertinentes. Pero el único muerto es el chancho y por el momento no hay leyes que defiendan el derecho de los chanchos a no ser tirados desde un helicóptero. Con el correr de las horas, el propio Álvarez Castillo confirmó que él mismo había filmado la escena porque le pareció raro que un helicóptero estuviera ahí, cerniéndose sobre su techo como una enorme araña voladora.

     En los próximos días puede que queden esclarecidos los hechos (una de las hipótesis barajadas es que el propio Álvarez Castillo tiró al chancho, aunque él luego dijo que no fue perpetrador sino víctima; otra arriesga que un amigo le propuso al empresario: esta noche hacemos cordero a la parrilla y le pareció que la manera más sencilla de transportarlo era en helicóptero). Bastaría con averiguar de dónde salió el helicóptero, quiénes lo tripulaban y por qué se les dio por tirar un cerdo o cordero en la pileta de Lara y Federico. Hay que decir que esta gente  -la del helicóptero- tiene una impecable performance en tiro al chancho.

martes, 14 de enero de 2020

Tráfico de Corazones

Gracias a Adriana Romano y a Mauro Lococo por la confianza y la apuesta editorial.
Gracias -¡eternas!- al Indio Solari por haberse tomado el tiempo de leer estos cuentos y configurar un precioso texto mutante (prólogo-posfacio-contratapa).
Gracias a Gus Gauvry por ser el más conspicuo y eficaz de los emisarios.
Y gracias a los equívocos, el olvido, la pérdida, el fracaso, el secreto, el error, todo lo que ocurre en la literatura y durante los eclipses, la otra cara de la belleza y la luna.
Pero no fue el día del eclipse. Fue un día antes. La luna del lobo se preparaba.
Modesto Rimba
El viernes 10 de enero a las 10 pm y a pesar del eclipse, Candelaria Kristof firmó contrato con #ModestoRimba.
EN Mayo disfrutaremos de su impresionante libro de cuentos: Tráfico de corazones, con prólogo del Indio SOlari. Un #Librazo.
¡Bienvenida a casa, Cande!

Mujeres

En una crítica a El caso de Richard Jewell, de Clint Eastwood, leo que el personaje de Kathy Scruggs, interpretado por Olivia Wilde, una periodista trepadora y de pocos escrúpulos, armó revuelo ya que "en el año 2019 no se pueden crear personajes femeninos complejos, solo completamente positivos".
Me parece bien que salgan a la luz los abusos, el sometimiento, el terror que vivieron y viven millones de mujeres en el mundo. Todo eso se tiene que erradicar. Pero por favor, no la complejidad. Yo he sido abusada por hombres, he sido violentada, maltratada, robada. Pero también maltraté a hombres que me quisieron. También ejercí un tipo de violencia imposible de comprobar y usé, pongámoslo así, mis "encantos femeninos" para obtener réditos que van desde un beso hasta un viaje, cien por ciento invitada por un varón. No puedo arrepentirme porque fueron actos de seducción admitidos por la otra parte y todavía sigue conmoviéndome que un hombre me corteje con una invitación a cenar.
El maltrato no tiene género. Lo puede sufrir una mujer por parte de un hombre o un hombre por parte de una mujer. Tal vez hombres y mujeres tengamos coreografiados pasos distintos para poder bailar juntos. Eso es maravilloso. Sigo prefiriendo bailar con un hombre que haga sus pasos mientras yo hago los míos y tratamos, además, de hacer algo juntos acompasándonos en la diferencia.
Pero ningún respeto hacia otro es posible si antes no se aprende el arte de respetarse a uno mismo. ¿Quién es ese "uno mismo"? En su descubrimiento tengo puesto mi esfuerzo y mis esperanzas. No soy lo que creo ser ni nada de lo que me dijeron.



lunes, 4 de noviembre de 2019

El diamante

Estaba pensando en las cosas que tengo que hacer hoy y de pronto me di cuenta: este día es único en la eternidad. No sé si cambiará lo que haga (tal vez también) pero seguro cambiará la manera. Llevo un diamante, llevo un diamante. ¡Abran paso! ¡Abran paso ustedes los miedos que dicen ser míos! ¡Abran paso dudas inútiles, cuentas pendientes! Tengo que llevar este diamante a un lugar que desconozco. Soy su guardiana. La eternidad no volverá a repetir esta forma, este vigor que ahora tiembla bajo la lluvia, este paso que doy, este destino acurrucado en el diamante. Cuidar esta joya es también romperla, conocer ese destino, singular como el día. Ayer leí esta frase: "la dictadura de la corrección política". ¿Cuántas formas del deber ser me aprietan como espadas? Ahora mismo no tengo tiempo de responder. El diamante late en mi mano, me pide que lo estrelle contra el piso. Si lo hago puede que mi día se acreciente, que dé con una eternidad disparatada a cada hora. Ser la guardiana es no quedármelo para mí sino quebrarlo, entrar en su aventura.










Resultado de imagen para fotos chica a caballo en playa o bosqueResultado de imagen para imágenes diamantes


martes, 5 de febrero de 2019

Año nuevo chino

Hoy comienza el nuevo año chino. El Año del Chancho.
La consigna que me di un año atrás era armar un libro englobando realidad, ficción y posteos de FB que tuvieran su paradigma de unidad en el Año del Perro.
Los posteos de FB fueron haciéndose más y más esporádicos hasta desaparecer.
Hace unos días publiqué una foto con mi sobrina: obtuve muchos más likes que con los textos. Más allá de un núcleo duro y entusiasta (cuatro, cinco amigos facebookenaos), los textos sólo interesan a quienes habitualmente leen (muy pocos). Y quienes habitualmente leen es probable que no quieran perder su tiempo en las banalidades de FB. FB es un lugar para mirar. Por eso tal vez Instagram lo destronó. Una revista o suplemento de Sociales relativamente democrático. Sin directores ni editores.
Volví a trasladar mis petates al silencio de la hoja en blanco. Vinieron perros a festejarlo lamiéndome las pantorrillas. Otros me tiraron tarascones. Otros mordieron.
Así son los perros. No hay vacunas contra todos los tipos de rabia ni antídotos contra las babeantes lenguas rosadas. Ya sea en la pantalla o el cuaderno, la página en blanco pronto cruje y quien la mira con intención tarde o temprano salta a mundos extraordinarios.
Esos son los que me interesan.
La realidad puede ser tanto o más extraordinaria que la ficción. Pero si uno no ha aprendido a detenerse y mirar, resulta blanca y lisa como una página. O al revés: la profusión de caracteres, imágenes, ruidos, información, podría volverla ilegible, abducida por el negro desdén a que dio lugar lo demasiado.
No puedo hacer un balance del año. Ni siquiera tratándose del chino. Un año extraño.
Tampoco un balance de los textos incrustados en el año del perro. Los balances son para los contadores. Los otros contadores. Los números que dejan las historias son siempre deficitarios. No suman ni restan. No se dividen ni multiplican. No son arábigos ni romanos. Tienen otra grafía. La misma que tiene el amor.
O que tuvieron tus besos.


domingo, 21 de octubre de 2018

Cargar la suerte


Una semana atrás habíamos estado hablando con Lorenzo acerca de la inconveniencia del videoclip y mencionó uno de Spinetta, el del tema La montaña. El estribillo dice: trepen a los techos, ya llega la aurora. Y Spinetta, que fuera del rapto lírico era muy irónico incluso respecto de sus propias creaciones, “ilustra” el tema en el videoclip con un ama de casa que trepa a los techos seguida por quienes parecen sus hijos, ansiosa al ver llegar una camioneta con la heladera Aurora, tan esperada. Toda la mística de la canción se congela con esa heladera. El tono, aquello a lo que remite el tema, la música, todo es cascoteado por un mal chiste. Como si Spinetta dijera: “ya está, llegó la era del videoclip, hagamos algo que sea una cagada, que esté en el mood idiota de los videoclips”. Pero lo que termina bastardeando es su propia canción. Y yo le decía a Lorenzo que con Calamaro me pasaba un poco eso también.

     Pero después me di cuenta de que no. El videoclip en Calamaro funciona como la teoría del iceberg de Hemingway que tan bien conocen los escritores y quienes asisten a talleres literarios. La poética de Hemingway se embandera con la metáfora del iceberg. La punta es lo que vemos pero lo más importante permanece sumergido. Las palabras del texto se vuelven fundamentales no por lo que dicen sino por lo que lograron callar. La omisión hace que el texto estalle en sentidos, que se potencie la densidad del lenguaje y el lugar del lector que repone eso que late entre las palabras.

     La canción es lo residual de una historia que Calamaro nos deja entrever. El videoclip permitiría asomar la cabeza a algún fragmento que pudo haber dejado su  pegote en el frasco de la canción.



Videoclip Verdades afiladas.

Entre dos imposibles.

Un taxista recorre la ciudad. Cada pasajero o par de pasajeros que sube al auto, sube también una historia. El melancólico, la chica con contracciones de parto, dos tipos duros, una pareja de hombre viejo y rubia joven. Algo pasa con esa pareja. Por momentos parecen acercarse y por momentos cada uno mira su ventanilla, ofuscado. No sabemos si el taxista conoce a la mujer o si esa mujer le recuerda a otra. En cualquier caso, la mirada del conductor sobre ella está cargada de  pasado. Es una mirada expectante pero la mujer está ocupada en las contradicciones que mantiene con el hombre mayor del asiento de atrás. Hasta que en uno de los viajes conjuntos, la chica, luego de un enésimo altercado, busca en el espejo retrovisor la mirada, quizá incluso la complicidad, de quien maneja. El taxista lo comprende enseguida y gira hacia el asiento de atrás para encontrarse con ella  -ya no a través del espejo. Pero cuando lo hace pierde el control del auto y es embestido.

     La canción. Una mujer termina una relación y se despide a través de una carta. Quien la recibe se encuentra atrapado por “verdades afiladas”. Hubiera preferido despedirse con un beso. A partir de ahí, se baten a duelo la voluntad de olvidarla y el deseo de que vuelva, de cualquier manera, siéndole infiel al otro inclusive. Porque este hombre una esperanza no tiene: la de que ella vuelva enteramente con él. Tiene en cambio algunas certezas: “si no existo a tu lado, ya no existo”, “lo prohibido se permite mucho juego”, “confío en la promesa del olvido”, “no va a ser igual con él”.

     En la canción ella no vuelve. En el video, ella (ella misma u otra ella) responde a la solicitud de una mirada, pero cuando él va a confirmar su deseo (estar con ella), algo pasa, un camión, un auto, algo pasa que hace que todas las posibilidades (olvidar, encontrarse) estallen. El hombre queda solo y malherido. Ensangrentado. Piensa si no sería mejor haberse muerto  -o matarse.

     Pero no muere. Imposible la muerte, imposible el olvido, imposible el amor.

     ¿Qué verdad puede ser más afilada que quedar atrapado entre cosas así?



(Dato curioso: Andrés presentará el disco el 2 de noviembre, Día de Todos los Muertos. El disco se llama Cargar la suerte. Un guiño al mundo de los toreros. Sin embargo, no replica el nombre de algún tema ni de un verso. “Cargar la suerte” es una técnica pero a la vez es mucho más que eso. Para Calamaro funciona como metáfora de una filosofía de vida. En tauromaquia “es una forma genuina y pura de torear ofreciendo el cuerpo”. ¿Se ofrece el cuerpo el día que se muere? ¿O se muere el día que lo retaceamos? Para el torero Domingo Ortega, no se toreaba sin cargar la suerte, sin echar el cuerpo hacia adelante con la pierna contraria al lado por el que viene el toro. Otros toreros opinan que la suerte se carga mejor con los brazos. En todo caso, el objetivo es desviar al toro de su trayectoria y alejarlo del terreno del torero. Andrés Calamaro sale a torear, presenta una ofensiva a sus fantasmas pero no para trenzarse con ellos sino para no ser su blanco o por fin alejarlos).

viernes, 19 de octubre de 2018

Chupetes

Quería escribir algo sobre las madres, a propósito del Día, y en lo único que pude pensar es en chupetes. El chupete como subterfugio de las tetas reacias que van y se esconden en los corpiños -escoltadas por dedos veloces que abotonan blusas-, o hacen fiaca desparramadas bajo amplios camisones.
Yo manifesté cierta dificultad en dejar el chupete quizá porque tempranamente (oh, madre!) se me alejó de la teta. Otros vinieron a disputármela y como no soy de pelear ni armar lío, me aferré a dos chupetes viejos que me ayudaban a conciliar el sueño. Los usé ¡hasta los tres años! Ya iba al jardín y tenía una pesadilla recurrente: la señorita Marta descubría los chupetes en el bolsillo de mi delantal. Yo no era la nena híper adaptada que fingía ser: era un bebé tardío con el pelo colgando hasta la mitad de la espalda.
Ése fue el primer secreto que compartimos con mamá: no le diríamos a la señorita Marta que todavía usaba chupete. También fui cómplice de sus travesuras. No tenía que decirle a Pepe, mi abuelo, que nos llevaba en escoba hasta el almacén de Poroto. Las nenas todavía no habían nacido y la escoba de mamá no volaba. Pero íbamos con mis tres hermanos varones a caballito del palo mientras ella barría la calle Suipacha y nos cruzaba a la vereda de enfrente. Lo otro que era mejor callar es que cuando el bebé de turno que había en la casa se ponía demasiado molesto, podíamos, ella o yo, meter el chupete en la azucarera o en el tarro de dulce de leche y aplacarlo así, como el Dr. Lawson decía que no había que hacer.
Otra cosa que no había que hacer era meter en la boca del bebé un chupete caído al suelo desde el cochecito. Entonces las calles del nuevo barrio eran de tierra y ya habían nacido mis dos hermanas menores. Mamá les decía a sus amigas que yo era como una mamita así que me tomé ciertas atribuciones. Si las llevaba a pasear y el chupete se les caía, lo limpiaba con el borde de la remera y después, como toque final, lo chupaba con mi propia boca para terminar de eliminar la tierra.
Quizá por esto de creerme un poco la mamá, el día que mis hermanas dejaron el chupete lloré como si a mí me hubiesen arrebatado algo irremplazable. Las subieron al Dodge GTX dorado que tenía mi papá y les dijeron que iban a entregar los chupetes al chupetómetro de Carlitos Balá. Por supuesto, nadie iba a ir hasta el canal. Vivíamos muy lejos. Así que les abrieron las ventanillas de atrás y les dijeron que tiraran sus chupetes al viento, que Carlitos Balá los recogería. Ellas apretaron sus chupetitos una vez más y después, con gran valentía, los soltaron. A la noche, antes de irse a dormir, me contaron la hazaña en su hermosa media lengua azorada. No recuerdo qué premio daban en el programa de Balá a los que entregaban el chupete pero si había uno, seguro que mamá y papá se los dieron. No se sale indemne del engaño. Mamá tenía el corazón encogido y papá, para disimular que él también, pasaba los canales con el control remoto como un autómata.
La tarde siguiente, todos vimos a Carlitos Balá. Mis hermanas acercaban sus deditos sucios a la pantalla. Intentaban reconocer sus chupetes en el chupetómetro, asegurarse de que Balá los había levantado. Dije que me iba a jugar a lo de Pato y salí corriendo a la calle para ver si los encontraba, si todavía estaban ahí, huérfanos de deseo y de bocas, esperándonos.


lunes, 15 de octubre de 2018

Bradley Cooper no me hagas llorar

El recital ha terminado. Fue multitudinario. Las fans lo persiguen hasta la salida pidiendo autógrafos, fotos, alargando aullidos y brazos. El cantante logra meterse en el auto. Cubre la mitad de su cara con un sombrero. Bebe con avidez. Las calles avanzan sobre su botella vacía. Desesperado, le pide al chofer que pare en cualquier lado donde se pueda conseguir algo. Se detienen en un tugurio. El barman lo reconoce y lo invita a unas copas y a que se quede a ver el show de su amiga.
     Así empieza Nace una estrella, de Bradley Cooper. Cuarta remake del clásico hollywoodense. Una historia de amor imbatible. La chica (Lady Gaga) canta La vie en rose y Jackson Maine se enamora. Reconoce y estimula su talento. La lleva a sus propias presentaciones para que cante arriba del escenario. Cuando llega el momento en que interpretan a dúo Sallow, el tema de la película, salgo del cine llorando. Me pongo a buscar a Cooper entre la gente que hace cola para entrar a otras salas. Antes de la función me había parecido verlo pero pensé que no, no podía ser. Ahora estoy segura de que se trataba de él y estoy segura de otra cosa que me avergüenza decir. Agarro del brazo a una empleada del cine que reparte programas con abulia. "¿Te diste cuenta que Bradley desapareció de los posters de la película?". La chica me mira aturdida. Entrega los programas a su compañero y me sigue hasta la calle. Al observar las puertas de vidrio comprueba que no miento. La figura de Bradley Cooper con su guitarra frente a Lady Gaga, ha desaparecido. "¿Qué podemos hacer?", pregunta desolada. Y después, como para sí: "Vamos a tener que pedir nuevos carteles a la distribuidora". Meto la mano en el agujero negro de la foto y soy succionada por un viento feroz. La chica se tapa la boca abierta con una mano de asombro. Quiero decirle que no se preocupe y sin darme cuenta asumo una misión: "pronto te traigo a Bradley", aseguro, "y emprolijamos la cartelera". El viento me aleja de las puertas de vidrio. Empiezo a reírme. Al fondo del túnel, Cooper también se ríe. En ese momento sé que no voy a volver. Corro hasta el final. Cuando salgo del otro lado ya no lo veo. Temo haberme equivocado y miro hacia atrás, donde todo es oscuro. Siento vértigo. Vuelvo a girar la cabeza y descubro a un hombre encorvado sobre un piano. El hombre empieza a tocar una melodía que reconozco. Me pide que cante. Le digo que no sé la letra. Él me responde que sí la sé, que pruebe. No puedo negarme. La letra acude a mí como un destino. La canción se despliega mientras vivo. Tiempo después apoyo mi mano en su hombro. Él deja de tocar. Me da miedo de ese silencio, que no vengan de nuevo las canciones. Con delicadeza, el hombre me cede su lugar frente al piano. "No sé tocar", me excuso. "Sí sabés", asegura. Y toca con sus dedos el borde, marcando algo como un ritmo. Lo sigo. Continuamos.
     Algunos dicen que esto que tenemos ahora es un matrimonio. Él mira sobre su hombro, me guiña un ojo. Entonces levantamos campamento. Pero no llevamos los bártulos con nosotros. Ni siquiera el piano. Salimos de las cajas antes de que ciertas palabras nos atrapen. Queremos que las palabras sigan siendo una vocación, algo desconocido, indómito, áspero. Cáscaras de frutas nuevas. Vamos por la ruta con la boca llena de jugo y las manos pegajosas. Tenemos muchas canciones por delante. Pero no podemos cantarlas ni un segundo antes de que lleguen.



domingo, 14 de octubre de 2018

Nirvana

Cada vez que viene Sebastián aprovechamos y nos vemos todos. Sebastián vive en Estados Unidos y es mi hermano. Tengo otros hermanos pero viven acá. Milu no. Milu vive en San Luis. También cuando viene a Buenos Aires hay más programas y reuniones familiares que el resto del año. Además de charlar alrededor de las empanadas y panqueques que prepara mamá, nos relojeamos. Queremos saber, en la mirada del otro, si seguimos siendo lindos. No hay que olvidar que de chiquitos hacíamos propagandas y a mamá la paraban en la calle fotógrafos y publicistas que nos querían llevar a sus agencias. Se ve que todo eso nos marcó. Tanta mirada ajena y halagadora.
Antes de sentarme y manotear chocotorta, decidí salir a correr. Sebastián se estaba probando unas remeras y endureciendo los abdominales me invitó a lavar ropa en su tabla. Toqué impresionada esos ravioles turgentes y rosas. Él sonrió. Lo felicité también por los dientes. ¿Siempre los había tenido tan parejos? Me dijo que no. Que se había puesto aparatos después de observar lo torcidos que los tenía yo. "Dentro de cuatro años, cuando tenga la edad de ella, voy a estar así". Y fue y se los puso.
A la noche vino Gregorio. Mi otro hermano. Somos varios. No nombré a Ezequiel, que de chiquito hacía la propaganda de bombachitas Bebenil, ni a Soledad, a quien hace quince años la paraban en Nueva York con la pregunta: "¿Are you an actress?". Gregorio habló del agua de mar y los jugos de zanahoria. La imagen puede contener: 4 personas, niñosLuego sus ojos, quizá por asociación, se quedaron en mi pelo un segundo más de lo necesario. "Tres tips y quedás bárbara", me dijo. "¿Qué tips, qué tips? ¿Tan mal estoy?". "El pelo muy naranja", dijo. "Es que me lo tiño yo". "No, no, tenés que ir a un buen peluquero". Ya está. No le pregunté por los otros tips. Botox, plasma, cirugía, cualquier "tip" que pudiera dar a continuación seguro iba a ser más caro que la peluquería. Después me mostró en el celular una ristra de mujeres bellas -sus contactos del tinder- y una foto de sus compañeros de rugby a los diecisiete y ahora, cerca de los 50. Con mamá le dijimos a dúo que él parecía el hermanito menor de todos.
Son así los domingos en mi familia. Filosofamos sobre el tiempo, la belleza, la pérdida, lo irreversible, de manera muy sutil. No queremos que se note que en realidad somos intelectuales, grandes pensadores comprometidos, seres profundos, desapegados del cuerpo, monjes tibetanos o sacerdotes hindúes prontos al nirvana.



domingo, 30 de septiembre de 2018

La cabra




Lorenzo cree que dentro de mí guardo a una artista y cuando nos vemos le trae alimentos. Es decir, básicamente, del corral de fieras y bestiecitas que abastecen mis días me ocupo yo, la madre impensada de todas ellas. Si alguna de esas fieras quiere ponerse el mote de “artista” yo le doy lo que hace a su arte y después sigo con mi agenda. Pero Lorenzo hace algo más: me pide que le dé una oportunidad. Que saque a la cabra artista del corral. Y no me lo dice con estas palabras porque sabe que lo único que lograría es que me ría en su cara. Da un rodeo. Yo le digo, por ejemplo: “necesito plata, me voy a emplear en un supermercado -voy a poner carteles de baby sitter, voy a pedir trabajo en la boutique de la esquina, voy a dar masaje tailandés aunque tenga tendinitis en la mano derecha por haber dado masaje tailandés, voy a preparar chicos de secundaria, o podría hacer tortas mejor, voy a vender tortas”. Él se queda callado o me responde que va a comprar comida china. Vuelve. Yo ya puse la mesa. Suena un tema de Calamaro que también puse para distraerme de los miedos.
Los miedos.
(Continuará).